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ELOGIO DEL MAESTRO EN LITURGIA

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Desde los comienzos de la vida de la Iglesia, las personas capaces de enseñar, de transmitir los contenidos fundamentales de la fe fueron tenidas en gran estima.

Esta valoración eclesial tan positiva no tiene nada de extraño. No olvidemos que Jesús es llamado muchas veces «maestro», y él mismo afirma que lo es en efecto (cf. Jn 13, 13). Y que la misión encargada a los apóstoles consiste, fundamentalmente, en un envío a predicar, es decir, a comunicar la verdad a fin de que sea creída por los oyentes. El apóstol, pues, aunque tiene una viva conciencia de que no será nunca maestro (cf. Mt 23, 8), sí que debe ejercer esta función de enseñar lo que él mismo ha recibido. San Pablo lo expresa muy claramente a su discípulo Timoteo: «este es un testimonio dado a su debido tiempo, y para el que fui constituido heraldo y apóstol…, maestro de las naciones en la fe y la verdad» (1 Tm 2,6b-7), y lo repite en la segunda carta: «De este evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro» (2 Tm 1, 11). Es lo que también exhorta a hacer a sus colaboradores: que enseñen la sana doctrina.

Tanto es así, que el apóstol de los gentiles al hablar de los que gobiernan las comunidades, afirma: «Los presbíteros que presiden bien son dignos de doble honor, principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza» (1 Tm 5, 17).

Y si vamos más allá, hacia nuestro campo propio de la liturgia, nos encontramos que esta gran valoración del que enseña a los demás los tesoros de vida divina, llega hasta el concilio Vaticano II. En el número 19 de la Constitución litúrgica leemos que una de las funciones principales del «dispensador de los misterios de Dios» es precisamente fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa. Es decir, en perfecta sintonía con lo que decía san Pablo a su discípulo, según el Concilio queda claro que una de las misiones más importantes del ejercicio pastoral es la de la educación litúrgica del pueblo de Dios.

Por lo tanto, desde estas líneas, y pensando en todos mis colegas, quiero hacer el elogio – en estos tiempos tan poco propicios para algo similar – de quienes se dedican a enseñar – profesor o maestro – la sagrada liturgia, y a rendir un doble honor de parte del apóstol a quien le dedica esfuerzos con ciencia y fidelidad.

Jaume González Padrós

Es el Señor

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En el arco de poco tiempo he tenido la ocasión de participar en celebraciones eucarísticas diversas: en la forma extraordinaria con una comunidad monástica masculina, la divina liturgia bizantina en comunidades católicas, en la forma ordinaria en una abadía cisterciense de la estricta observancia, y en la catedral de rito latino en una sociedad de mayoría ortodoxa.

 

Mi participación en cada caso fue según la forma posible, y sin forzar ninguna disposición ni canónica ni litúrgica. De mi parte, procuré entrar internamente con fervor en cada una de ellas.

 

No es mi propósito con este breve escrito describirlas. Sólo que, pensando en todo ello, me di cuenta de que, a pesar de la diferencia ritual y de las diversas espiritualidades que manifiestan cada una, existe un elemento común, un elemento de carácter litúrgico y, también, espiritual y – ¿por qué no decirlo?- ministerial. Se trata de lo siguiente: en ninguna de las cuatro formas celebrativas brillaba el presbítero que presidía, sino que la belleza era toda de la misma celebración; quedaba claro que el centro era Dios y no el sacerdote celebrante. Este quedaba completamente sometido en cada una de estas celebraciones; su aportación personal quedó enmarcada en el momento de la homilía, allí donde la hubo. Por lo demás, el rito mandaba y él obedecía, realizando así, de forma personalmente humilde, la leitourgia, es decir, el oficio divino.

 

No había la más mínima duda: el ministerio (mini… ) sacerdotal estaba al servicio de las obras de Dios. Su actuar consistió en una memoria orante de ellas e, invocando al Espíritu Santo, hacerlas presente, aquí y ahora, para la gloria de Dios y la santificación de los hombres. No había, en las celebraciones a las que me refiero, ningún atisbo de otra creatividad por parte del sacerdote presidente, así como en los diáconos y demás ministros, más allá del fervor propio de la oración y de la interpretación adecuada de la partitura, cuyo autor es el Kyrios y su amadísima Esposa la Iglesia.

 

El ambiente de aquellas asambleas era de una gran serenidad. Participaban con la mirada y con las intervenciones previstas, así como con una gestualidad ritual armónica y elegante. Nadie sobresalía, nadie pretendía llamar la atención, el recogimiento era cierto y la fraternidad, entre los presentes, inequívocamente tejida por la presencia de Cristo reconocido y confesado por todos.

 

“Es el Señor”, dijo el discípulo amado a Pedro cuando vio desde la barca al Resucitado en la playa. ¿Qué más se puede decir en verdad, al acabar una celebración litúrgica, si esta ha sido lo que tenía que ser?