Warning: Invalid argument supplied for foreach() in /usr/home/aepl.es/web/web/wp-content/plugins/post-templates/post-templates.php on line 39 Es el Señor | Asociación Española de Profesores de Liturgia

Es el Señor

En el arco de poco tiempo he tenido la ocasión de participar en celebraciones eucarísticas diversas: en la forma extraordinaria con una comunidad monástica masculina, la divina liturgia bizantina en comunidades católicas, en la forma ordinaria en una abadía cisterciense de la estricta observancia, y en la catedral de rito latino en una sociedad de mayoría ortodoxa.

 

Mi participación en cada caso fue según la forma posible, y sin forzar ninguna disposición ni canónica ni litúrgica. De mi parte, procuré entrar internamente con fervor en cada una de ellas.

 

No es mi propósito con este breve escrito describirlas. Sólo que, pensando en todo ello, me di cuenta de que, a pesar de la diferencia ritual y de las diversas espiritualidades que manifiestan cada una, existe un elemento común, un elemento de carácter litúrgico y, también, espiritual y – ¿por qué no decirlo?- ministerial. Se trata de lo siguiente: en ninguna de las cuatro formas celebrativas brillaba el presbítero que presidía, sino que la belleza era toda de la misma celebración; quedaba claro que el centro era Dios y no el sacerdote celebrante. Este quedaba completamente sometido en cada una de estas celebraciones; su aportación personal quedó enmarcada en el momento de la homilía, allí donde la hubo. Por lo demás, el rito mandaba y él obedecía, realizando así, de forma personalmente humilde, la leitourgia, es decir, el oficio divino.

 

No había la más mínima duda: el ministerio (mini… ) sacerdotal estaba al servicio de las obras de Dios. Su actuar consistió en una memoria orante de ellas e, invocando al Espíritu Santo, hacerlas presente, aquí y ahora, para la gloria de Dios y la santificación de los hombres. No había, en las celebraciones a las que me refiero, ningún atisbo de otra creatividad por parte del sacerdote presidente, así como en los diáconos y demás ministros, más allá del fervor propio de la oración y de la interpretación adecuada de la partitura, cuyo autor es el Kyrios y su amadísima Esposa la Iglesia.

 

El ambiente de aquellas asambleas era de una gran serenidad. Participaban con la mirada y con las intervenciones previstas, así como con una gestualidad ritual armónica y elegante. Nadie sobresalía, nadie pretendía llamar la atención, el recogimiento era cierto y la fraternidad, entre los presentes, inequívocamente tejida por la presencia de Cristo reconocido y confesado por todos.

 

“Es el Señor”, dijo el discípulo amado a Pedro cuando vio desde la barca al Resucitado en la playa. ¿Qué más se puede decir en verdad, al acabar una celebración litúrgica, si esta ha sido lo que tenía que ser?